Sergio Mendes – Mas que nada

Nadie ha popularizado tanto la música brasileña como Sérgio Mendes, cuyo nombre está ligado a una canción: «Mais que nada». Medio millón de copias vendidas hacen de él un clásico.

Decir Mais que nada y te sale su estribillo bailoteando entre los dientes: Oaria raio, obá, obá, obá / O-o-o-o-o arya ayo, obá, obá, obá / Mais que nada / Sau da minha frente / Que eu quero passar / Pois o samba está animado / O que eu quero é sambar… No hay mucho que traducir porque tampoco la letra tiene demasiado que rascar en el entrelineado de los versos. El espíritu de la samba consiste en la espiritualidad de dejarse llevar. Sin pensarlo dos veces. Sin mensaje alguno. ¡Qué coisa mais linda! La música acompaña como si tuvieras un tocadiscos en la cabeza. Sí, esta canción pertenece a la época de los vinilos –¡tan modernos ahora!–, pero la verán en YouTube en primera línea de visitas (millones) según la versión que hace de la misma el grupo norteamericano Black Eyed Peas. Solo los clásicos son reinterpretados generación tras generación aunque Sérgio Mendes no se sienta como tal: «Mi trabajo es conocido y me siento muy orgulloso de eso. Pero clásico, no sé».

Pionero en la popularización de la música brasileña, aunque antes de él hubo otros y luego vendrían muchos más, muchísimas más canciones. A todos ellos ha arrimado su piano y sus cadencias jazzísticas y melódicas Sérgio Mendes: de António Carlos Jobim a Caetano Veloso o Vinícius de Moraes o Carlinhos Brown. No obstante, él es el primero que arrasa en Estados Unidos. Sonaban los años sesenta cuando Herp Albert –otro clásico de las melodías made in USA con su trompeta y sus Tijuana Brass– lanza en eso que se llama aún hoy Billboard (lista de éxitos) a Sérgio Mendes y a la banda Brasil’66. Medio millón de copias vendidas de Mais que nada y tocar delante de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon. No parece que la calidez y buen rollo de esta melodía les cambiara el gesto de la cara. El rictus de sota de bastos. Ni llegó la paz a Vietnam ni se esfumaron los escándalos del Watergate. De ahí a que el mundo entero cantara, un cimbreo. Hasta Abu Dabi, donde me encuentro para charlar con Sérgio Mendes.

Estoy sentada bajo una cúpula tan dorada que no me extrañaría que fuera de oro de verdad. En Abu Dabi todo es posible desde que la tierra escupe dinero por boca de los pozos petrolíferos. Oro líquido que da más brillo y esplendor que cualquier academia. Es el hotel donde se aloja el músico brasileño. Sérgio Mendes dará un concierto en su también dorado teatro. Emirates Palace Hotel se llama el enclave. No piensen mal porque no acertarán. No me alojé en él. No dormí sobre una cama con ocho colchones para que no me molestase ni un garbanzo, como la princesa del cuento. De hecho, cuando me citan allí llegué a pensar que se trataba de un auténtico palacio real. Tan grande, tan ampuloso, tan dorado, con tantos salones, con tantos turistas haciendo fotos aquí y allá.

Entre una nube negra como tinta china de veinteañeras vestidas con su hijab se abre paso al fondo Sérgio Mendes con pantalón corto, camisa y el característico sombrero de paja que lleva incluso en sus actuaciones, que no tapa cana alguna porque las que pudiera haber ya están bien camufladas. Tiene setenta y cuatro años y el que viene cumplirá cincuenta en la música. Llama la atención este aire californiano en su aliño indumentario cuando los hombres de alrededor blanquean el horizonte con chilabas impolutas. No llevan sombrero sino kufiyya. ¿Qué hace un mito de la música brasileña y, por ende, popular y contemporánea, en estos lares tan tupidos en sus vestimentas? Obvio, va a dar un concierto, pero ¿cómo bailará este auditorio? Es lo que tiene poder montar un Festival, el de Abu Dabi, que ya va por su decimosegunda edición, y traerte a quien te dé la gana. Veremos si al final el público baila.

Estoy preparada para vocalizar bien mis preguntas en castellano; espero que él me responda en brasileño. Los ritmos de las lenguas latinas unen mucho y permiten entendernos sin recurrir a los códigos anglosajones. Este es el plan, pero Sérgio Mendes habla perfectamente castellano. Con esta sorpresa comienza la conversación. Al final, me maravilla que las lenguas para él suenen como música. Escucha hablar y saca melodías.

¿Y cómo se maneja en español?

Hablo portugués, francés, italiano. Me encantan las lenguas. Me encanta la literatura y la Historia de España.

Usted no toca en mi país desde hace mucho tiempo… ¿Y eso por qué?

Porque no me invitan y entonces no voy.

¿Pero ha trabajado muchas veces allí?

Muchas veces: en Madrid, Barcelona, Marbella. Pero no he tenido oportunidad de regresar. Todos los años hacemos una gira por Europa. Yo vivo en Los Ángeles. Tocamos en Francia, Alemania, Inglaterra, pero no he tenido la oportunidad de volver a España y me gustaría hacerlo.

¿Ha interpretado con músicos españoles?

Nunca. Tengo mi orquesta, mi conjunto, mi banda. Son casi todos brasileños, pero nunca grabé o toqué con un músico español. Me gusta mucho el flamenco, por ejemplo.

¿Con quién le gustaría subirse al escenario?

Con alguien a quien le gustase tocar conmigo.

Es una buena respuesta.

Tiene que ser una atracción mutua. Así funciona la magia.

Por ejemplo, le hubiese gustado con Paco de Lucía…

Claro que sí.

Me queda claro que aunque la cordialidad va tallada en su blanca dentadura y en su buen color de piel tostada, Sérgio Mendes será parco en palabras y voy a tener que cantarle no solo las cuarenta preguntas que llevo en batería, sino su Mais que nada, Pais Tropical, Magalenha, Agua de Beber, The Look of Love… Todo su repertorio de versiones más conocido. Un concierto de hora y media, con bises incluidos. Pero él se deja y me deja porque entendemos que el jet lag es lo único contra lo que no puede luchar su vitalidad. De Los Ángeles a Abu Dabi son dieciséis horas de vuelo. «Vivo en California desde hace muchos años –comenta–. Es más cómodo. También es donde empecé mi carrera discográfica, y también están las películas. Es un centro cultural como Nueva York. Hay muchos artistas que viven en Nueva York o Los Ángeles. Para mí fue importante empezar mi carrera en EE.UU. porque hay posibilidades de hacer cosas. La proyección al resto del mundo funciona bien.»

¿Recuerda su primera melodía?

Sí, tenía diecisiete años y se llamaba Noa, Noa y se la dediqué a Gauguin, el pintor francés. Me gusta mucho su trabajo. Se marchó de Francia para ir a Polinesia. Me encanta su historia. Se llamaba Noa, Noa por un cuadro de Gauguin. Fue una composición en homenaje a él.

Empiezo a susurrarle el Mais que nada para que se anime y me cante (cuente) muchas más coisas. «Es un canto de origen africano –especifica–. Hay muchos detalles en mi país que vinieron de África, como la religión, por lo que es algo un poco religioso también. No con mensaje religioso, pero como un himno, una celebración de la vida.» Para que quede todo bien claro, como el agua de beber, no tarda ni un minuto en acompasar que «la música la compuso Jorge Ben, otro gran autor brasileño, no yo. Autor también de Pais Tropical. Yo tuve éxito por su música. Escuché Mais que nada por primera vez en 1963 e hice los arreglos de la versión famosa.» Queda claro.

¿Orgulloso o harto de esta melodía?

Es una canción mágica. Fue la única vez en la Historia de la música que una canción en brasileño fue un éxito mundial: EE.UU., Europa, Asia, Japón, en todas partes. Creo que es la fuerza de la melodía, que es muy atractiva, muy sencilla y muy contagiosa. He tenido otras canciones que también fueron éxitos, en otros lugares. No solo Mais que nada. Para mí es un placer tocar esa canción. La grabé dos veces: en 1966 y 40 años después con los Black Eyed Peas, y disfruté mucho haciéndolo. Fue una reinterpretación.

Admirado por músicos como will.i.am, de Black Eyed Peas, y otras estrellas contemporáneas, aparentemente en las antípodas.

Claro que sí. Me gusta compartir la música. Siempre es una sorpresa cuando me encuentro con músicos de otra generación diferente a la mía, más jóvenes, a los que admiras, y a quienes les gusta tanto el trabajo, como will.i.am, John Legend y Janelle Monáe.

En el vídeo que se grabó en los años 60 de la canción, un Sérgio Mendes jovencísimo sale tocando el piano. La banda la integran, además, y nada más, que un contrabajo y otro músico que marca los ritmos con maracas y similares «sonajeros». Dos guapas (una rubia y morena) minifalderas cantantes. Muy sesenteras, muy maryquant. Entre el estribillo se cuelan marcadas tonalidades del jazz. «No me gustan las etiquetas –remarca Sergio Méndes–. Soy pianista, compositor,  productor… Me gusta trabajar con otras personas y hacer arreglos. Canto un poco también, pero me agrada todo tipo de música: me gusta el jazz, el flamenco, la música internacional. Y todo eso se entremezcla en mi estilo.»

En el vídeo que graba con will.i.am y los Black Eyed Peas cuarenta años más tarde, el elegante toque minimalista y jazzístico (aunque a él no le guste etiquetarse) pasa a ser abigarrado en los ritmos y en el fraseo de rap. Sérgio Mendes sigue apareciendo al piano mientras van y vienen planos de una party discotequera muy siglo XXI. Entre afterhour y rave. La sensualidad casi inocente del original resulta más agresiva y sexual, también. El puro estilo will.i.am y Black Eyed Peas. «Creo que se puede hacer música contemporánea, como los discos que hago yo, con componentes modernos. Por ejemplo, me gusta mucho el rap, pero me gusta como si fuera una percusión, pero con melodía, no solamente un beat electrónico. Eso no me interesa», remata Sérgio Méndes.

Defina la música portuguesa. ¿Qué la hace distinta y con ese poder de seducción?

Diría que no es música portuguesa. La música portuguesa es el fado.

(Yo también tengo jet lag, se manifiesta en toda su tontería y torpeza.)

Perdón, la música brasileña… Además, tan distinta del fado, como el día de la noche.

Me gusta mucho también el fado, aunque no es lo que hago, claro. La diversidad de la música brasileña, los ritmos que vinieron de África, por ejemplo, las melodías que se pueden bailar, que son románticas y sensuales. Eso es lo que consigue que las composiciones brasileñas sean muy especiales.

Brasil es una batucada continua. Exuberancia en la música, en el arte y en la literatura. Todo vibra al unísono en los años sesenta, pese a que toca bailar con la más fea, una dictadura militar. No daré una selección nacional de nombres. Corren los tiempos de Tropicalia, de Oiticica, en plena Cosmococa, y de eso que ellos hacen llamar Antropofagia. Hermoso término para definir un manifiesto de libertad absoluta. Comerse los unos a los otros por amor al arte. También concluye Érico Veríssimo la larga saga de El tiempo y el viento. Literatura, arte, música. Antropofagia absoluta. «Sí, cuando se habla de António Carlos Jobim, de Vinícius de Moraes… Ellos también hacían literatura. Son poetas. La literatura y la pintura son únicas en Brasil. No hay un porqué exacto pero es diferente», apunta Sérgio Mendes.

¿Siente nostalgia de aquella época dorada con tantos nombres que no se han vuelto a conjugar?

Lo que siento es que existe una falta de melodía. Pero en todo el mundo, no solo en Brasil, también en EE.UU., en Europa… No oigo tantas composiciones hermosas como escuchaba en las décadas de 1960 y 1970. A los jóvenes les gusta bailar una música casi sintética, de discoteca… Es una música muy fría. Falta melodía. No sé dónde están las melodías. Es un ciclo, un periodo. En España pasa lo mismo. La gente toca la música de club, sintética. No es una música orgánica, no veo ninguna emoción. Es lo único que echo en falta y por eso trato de grabar con los nuevos compositores brasileños, como Carlinhos Brown, muy conocido en España, y Toninho Horta, que sí que preservan ese punto. Carlinhos es un gran percusionista. Hace letras musicales muy buenas. Compuse varias músicas con Carlinhos Brown. Me gusta mucho. Es de Bahía.

Entonces, deduzco que siente un poco de nostalgia. Deme un nombre de entre los clásicos imprescindible.

Hay varios que me gustan mucho. Caetano, claro, Gilberto Gil, António Carlos Jobim, Milton Nascimento.

¿Usted tocó con ellos?

Con todos ellos.

¿El país del mundó donde le agrada más dar conciertos?

Me gusta mucho Japón. Es un país totalmente diferente de los demás asiáticos. Me gusta la Historia, la comida, todas las ceremonias, todo en Japón, la estética japonesa, la disciplina. Me encanta Japón. Hace casi 50 años que voy cada año a Japón.

Ahora está en Abu Dabi y por la noche tocará delante Hoda I. Al Khamis-Kanoo, hija y esposa de adinerados hombres de negocios. Educada en Europa, por supuesto. También mecenas y fundadora de este Festival. A Sérgio Mendes le impresiona poco, después de Lyndon B. Johnson, Richard Nixon y otros tantos dignatarios… ¿Cómo bailará este auditorio? ¿Bailará, acaso? Esa esa la cuestión. El ser o no ser o la madre del cordero, ya que estamos en un país árabe y musulmán en su justa medida. No hay hiyab ni chilabas entre las vestimentas. Todo en su justa medida. A mi lado, un señor que yo juraría es gay. Sin problemas. También juraría que es occidental y trabaja en una Embajada o multinacional. Con las piernas cruzadas mueve el pie que queda en el aire al ritmo. Mais que nada es capaz de levantar de sus asientos a toda la corte de Abu Dabi. Ya no le pude preguntar a Sérgio Mendes si le gustó este público.

Sérgio Mendes: «Me gusta el rap, pero los ritmos de hoy son muy fríos»

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